Pues todo lo que empieza acaba, y que bonito es que así sea. Al repasar estas dos semanas me acuerdo de una chica de una minoría étnica del norte de Vietnam que le dijo a Antón que porque pronunciaba "rice" como "rrrrrrice", de una cena con gente que no conocíamos pero que compartíamos mesa como familia mientras de vez en cuando cantábamos "Jony, la gente esta muy loca". Como olvidar un camarote de tren, en una noche ya avanzada, con su sonido de fondo, su luz tenue, con un amigo ya para siempre y con otro al que estaba conociendo, poniendo las cartas de nuestros sentimientos encima de la mesa, algunos con la cartas marcadas del amor, otro a la espera del as de corazones. Conversación relajada como la velocidad del tren, y como la vida misma, tan bonita y tan sufrida. En nuestras retinas paisajes de ensueño, en los estómagos comida desconocida, en varios asientos nuestras espaldas, en alguna tienda nuestro dinero, en nuestro recuerdo personas del mundo, en nuestros corazones la amistad y en su conjunto nuestra felicidad.
Inolvidables aventuras en moto, estudiantes que nos entrevistan, gente que en ti solo ven un dolar, personas de las que te puedes fiar, paz budista, pagodas visitadas, país llamado comunista.
Conversaciones en taxi, un hombre que quería que comiéramos perro, catadores de rana, decepción por no ver una cucaracha.
Recuerdos de buena vida y energía en las playas de Mu Nie...y de muchas otras cosas que en entradas anteriores ya te conté.
Y lo que faltaba era Saigon, ciudad dónde al llegar, el señor del Hostal nos llevó a nuestra habitación, que una vez más estaba en la planta cuarta del edificio, sin ascensor, a mano derecha, al final de la escalera. Y recuerdo que por la noche fuimos a la discoteca mas famosa, llamada "Apocalipsis Now", y recuerdo que ya no recuerdo nada, porque en brazos de la noche se puede perpetuar o no, la promesa del dia.
Y se que casi sin dormir nos fuimos a Cu Chi, dónde los recuerdos de la guerra con sus trampas y sus túneles te enseñan lo cruel que es la guerra.
Y recuerdo una cama cómoda con un nórdico que me abrigaba pero alzaba mi mirada y ya no estaban mis compis de viaje para darme calor, solo tenía al lado un despertador que me recordaba que ya no era día de vividor que ya tocaba ser trabajador.
